El poder de la voz: Comentario al programa de mano del concierto “Jóvenes con voz propia”

Todos recordamos alguna canción de cuna que nos cantaban nuestros padres o abuelos para dormirnos; estas melodías han quedado impresas en nuestra memoria y serán de las últimas cosas que olvidaremos. A lo largo de la vida vamos incorporando nuevos temas a nuestra banda sonora particular, muy especialmente en situaciones vinculadas a nuestras relaciones afectivas: aquella canción dulce y a menudo sensiblera que acompaña el primer gran enamoramiento y que nos hace esbozar una sonrisa cada vez que la escuchamos, o esa otra que, con una letra desgarrada, ilustra el primer desengaño, constituyen unos versos inspirados que nos ayudan a hacer aquello que la vorágine de sensaciones de una tormenta emocional no nos permite: expresar los sentimientos.  

Por otra parte, la sabiduría popular ya lo dice: «Quien canta sus males espanta». Hoy día podemos constatar empíricamente esta afirmación: cuando cantamos, respiramos más profundamente y oxigenamos todo el cuerpo; la vibración de nuestras cuerdas vocales tiene un efecto estimulante y relajante al mismo tiempo; tonificamos la musculatura abdominal, la dorsal y, sobre todo, la facial, produciendo un efecto más reparador que el de cualquier crema antiarrugas; coordinando letra y música hacemos trabajar a diferentes partes del cerebro; y, desde un punto de vista más profundo, verbalizando lo que sentimos conseguimos afrontar nuestras circunstancias de manera más positiva.   En definitiva, ya sea con una canción de cuna, un lied de Schubert, una balada heavy metal, un transgresor manifiesto punk o, sencillamente, tarareando cualquier melodía en la ducha, si cantamos más seremos un poco más felices y ayudaremos a que los demás también lo sean.  

Pues eso, ¡digámoslo cantando!

Proclamación Premio FPdGi Artes y Letras 2014